La leyenda y el mito definen el argumento base para enraizar los orígenes de los “Sanjuanes”. Nacimiento que algunos encuadran dentro de la cultura vettona, etnia de estirpe celta que basó su economía en la explotación ganadera; hecho que propició el que le rindieran culto al toro como animal sagrado, conjugando la magia y el mito con el sacrificio y el fuego. Rituales, todos ellos, coincidentes con el fenómeno estacional de la entrada del solsticio de verano, fecha mítica venerada en la cultura del pueblo celta, primeros pobladores de estas tierras y, por ende, fundadores de la primitiva
Caura.
Prolifera, de igual modo, el relato que narra la costumbre entre los vecinos del lugar que, al llegar como cada año por estas fechas el estío, un joven sacado por sorteo entre los de su quinta, era soltado por las calles intramuros de la ciudad armado con puñales para defenderse de los ataques al que era sometido de por el resto de la población, ante cuyas agresiones, terminaba falleciendo. Mas, un determinado año, quiso la suerte agraciar al hijo de una acaudalada dama, quien temerosa por lo que le pudiera pasar a su único vástago, lo canjeó por un toro; iniciándose así, de esta manera, la ininterrumpida lidia de morlacos por las calles de la ciudad antigua de Coria.
Más, ante tanta elucubración, lo que si parece quedar claro es la evidencia histórica y el testimonio documental de la celebración de las tradicionales Fiestas de San Juan durante los siglos XIII al XVIII.
Fuentes documentales.
En Coria, como en otras muchas ciudades y pueblos que jalonan nuestra geografía peninsular, se siente un importante fervor por las festividades taurinas; y que en el caso particular de esta localidad,
hierve, cada 23 al 29 de junio, en la celebración de sus tradicionales “Sanjuanes”: Fiesta de Interés Turístico de contrastada solera y raigambre histórica que tiene, en los toros, su mejor expresión popular.
Un espectáculo, arraigadamente nuestro, que permite dar a conocer nuestra hospitalidad, explicar nuestras reacciones y maneras de entender la lidia de los toros, hasta convertirse en las señas de identidad de un pueblo que nació en la historia hace milenios y que suspira y se desvive, año tras año, por sus taurinas fiestas.
Sin embargo, a pesar de la longeva tradición histórica que poseen los Toros de San Juan en Coria, resulta complicado y tremendamente difícil remontarse a los orígenes ancestrales de la Fiesta. La escasa y escueta documentación conservada en archivos y bibliotecas, públicos y privados, nos revelan testimonios y datos que, aunque esclarecedores sobre el tema, no aportan la suficiente luz a un bosquejo temático con muchas lagunas y sombras.
Los primeros documentos que hacen referencia sobre las celebraciones o fiestas regladas de toros en Coria se remontan a la concesión del Fuero de la Ciudad a principios del siglo XIII.
Sin embargo, la mayoría de los legajos que recogen ciertas curiosidades, renuncias, excepciones y la propia organización de las Fiestas proceden del legado Archivístico Municipal, en
cuyos Libros de Actas Consistoriales de los siglos XVI al XVIII aparecen testificaciones que nos relatan testimonios sobre el número de toros que debían lidiarse; la elección de los Alfereces Mayores encargados de la organización de los festejos (derivación posterior de los actuales Abanderados de las Fiestas); del reparto de dulces, limonadas y garrochas entre la población Cauriense (ahora convertido en la tradicional entrega de perrunillas, floretas, ponche y gaspacho con que los Abanderados agasajan a vecinos y turistas); de la ubicación y lidia de los festejos (Plaza Mayor y recinto intramuros del Casco Histórico Artístico de Coria); de la responsabilidad institucional y costeo por parte del Consistorio local del establecimiento de los festejos; del aporte y compra de toros por parte de algunos gremios o arrendatarios de la ciudad, caso de los abaceros, taberneros y carniceros; de la reseña de los días festivos en los que se podían lidiar toros (vísperas de Pascua, Corpus Christi y San Juan); etc..
De igual modo, no dejan de ser curiosas las evidencias recogidas en los expedientes de las Actas Capitulares, Libros de Visitas Pastorales y Constituciones Sinodales guardados celosamente en el Archivo Capitular de la Santa Iglesia Catedral de Coria, que nos hablan de la prohibición de correr toros en la Ciudad todos los domingos y días festivos del año.
Sin embargo, fue la Casa de Alba quien tuvo una participación estelar en la celebración de los espectáculos taurinos durante los años que ostentó el título de marquesado de la Ciudad.
En los Archivos Ducales asentados en el Palacio de Liria de Madrid, se recogen importantes datos a cerca de la festividad de los Sanjuanes y de la organización de corridas y festejos taurinos por parte de los Señores Duques de Alba y Marqueses de Coria. Fiestas que, por otra parte, eran muy usuales en las villas de su propiedad como ceremonias conmemorativas tras la concesión de títulos, conquistas territoriales, visitas de los reyes y personajes ilustres, etc.
La sangre, el valor y la emoción estuvieron pues, durante la dilatada Historia de los Sanjuanes, amalgamadas en sus ritualizadas ceremonias; donde el pueblo disfrutaba correteando los toros por campos, calles y plazuelas haciendo alarde de su destreza varonil frente a las enamoradizas damas.
Pero pronto surgirán las primeras voces de protestas contra la Fiesta. Mas, ni las excomuniones de los papas, ni las reprobaciones de los teólogos y moralistas sirvieron para desarraigar la tradición, ni la afición, de los atrevidos corianos.
La Fiesta de Toros en
España.
La constatable proyección que la Fiesta Nacional ha ido adquiriendo en los últimos años sobre el entorno social, el arte y la cultura de nuestro país, al igual que ha sucedido en el sur de Francia, la vecina Portugal y la mayoría de los países de habla latina, hace necesario el hecho de que busquemos e indaguemos en los orígenes y las raíces culturales más remotas de la tauromaquia.
Prehistoria.
Desde el momento en que el hombre comenzó la caza del antepasado ancestral del toro, el uro: rumiante que mostraba una tendencia innata a acometer violentamente al sentirse hostigado -reacción ofensiva propia de cualquier animal, incluido el hombre, al sentirse asediado-, asistimos a una dura pugna entre la agresividad y la excitación de los animales frente al valor y la pericia expuestas por el hombre para reducirlas; lo que atrajo aún más, si cabe, la admiración de este último por el toro como símbolo de fuerza y de poder, y de adoración como animal sagrado o totémico.
Edad Antigua.
Este curioso contraste entre bravura y ferocidad vinculó a este mítico
animal con los mismos dioses y héroes de las mitologías mediterráneas:
la veneración de las hazañas taurinas de Heracles (el Hércules de la
mitología romana), del dios egipcio Apis, o del prudente Teseo y el
sacrificio del Minotauro...
Rituales que
posteriormente darían paso a la celebración de “combates de
toros” entre los antiguos pueblos prerromanos de estirpe ganadera
que poblaron la península y al propio espectáculo o al juego:
destrezas, ambas, que exigían un valor y una habilidad técnica
depurada como descubrimos en las pinturas murales que decoran el
Palacio de Cnosos en Creta, donde lidiadores o acróbatas saltan
sobre la testuz del burel asiéndole por los cuernos unas veces, y
otras, lo derriban mancuernándolo. Espectáculos que pronto
tiñeron de sangre la arena del circo romano en la celebración de
las famosas venationes o luchas heroicas entre la razón y la
fuerza, entre el hombre y el toro.
Mas, poco tardaría la fiesta pagana, a veces narrada a modo de leyenda, en vincularse con el fervor religioso al fusionarse con las celebraciones litúrgicas del calendario cristiano. En primavera: San José, Domingo de Resurrección o La Cruz de Mayo; en verano: San Juan, Santiago, Ntra. Sra. de Agosto y San Roque; y en otoño: San Mateo, San Miguel o El Pilar. Mientras que en otras ocasiones, el ritual taurino se rememoraba en ceremonias de tipo colectivo: inauguraciones, licenciaturas, bodas... donde lo popular se fundía con lo religioso, y lo mágico con la fiesta; como muy bien se describe, ilustrativamente, en las laureadas “Cantigas de Santa María” de Alfonso X “El Sabio” (S. XIII).
Edad Media.
Con la llegada de
la Edad Media, surgió la suerte de “lancear toros a caballo”:
habilidad que servía para el adiestramiento militar como medio de
templar el ánimo y de adquirir la fiereza, fuerza, bravura y
nobleza necesarias para el combate o la guerra. Adjetivos, todos
ellos, distintivos de este bello animal. Así, serían los árabes,
tras su prolongada estancia en la península Ibérica (siglos
VIII-XV), a quienes les cupo esta primigenia suerte taurina
facilitada por la riqueza bovina que albergaban las marismas del
Guadalquivir o las vegas del Tajo.
También se celebraron fiestas con toros, dentro de este período de
la Historia, en acontecimientos tan puntuales como: la
conmemoración de enlaces matrimoniales entre nobles y príncipes;
el recibimiento o la victoria militar de un rey; algún que otro
nacimiento; ó, las renombradas “luchas de toros con alanos” y
las persecuciones ecuestres y muerte de toros a lanzazos: deporte
ecuestre que daría lugar, durante el reinado de los Reyes
Católicos, a los famosos “alanceamientos”. Toda una suerte de
festejos tauromáquicos que propiciaron, en 1495, tras la caída y
conquista de Granada, la celebración de un evento taurino en la
propia sede católico-romana del Vaticano como símbolo
conmemorativo de tal hito histórico.
Edad Moderna.
No será hasta principios del siglo XVIII,
dentro de plena época moderna, el momento en el que aparezcan los
primeros lidiadores con tintes profesionales: “barilargueros” o
rejoneadores a caballo que, acompañados de sus correspondientes
cuadrillas, participaban en los espectáculos taurinos a cambio de una
recompensa monetaria. Surgen, también, las primeras plazas y la
selección de las primeras ganaderías de sangre brava que serán
monopolizadas por miembros de la nobleza (Duque de Béjar, Conde de
Vistahermosa, Marqués de Ulloa y Cabrera, Duque de Veragua, Marqués de
Albaserrada...) y de la propia monarquía (Felipe IV, Fernando VII...).
Con todo, el toreo
a caballo entraría en declive, tras largos siglos de pujanza, a
partir de mediados del dieciocho; momento en el que hacen su
aparición en los ruedos españoles los “estoqueadores” o
matadores de toros a estoque que, paulatinamente, sustituyeron a sus
predecesores en los carteles.
Habrá que esperar hasta finales del siglo XVIII, para descubrir la
consolidación de la tradicional “corrida de toros” con sus
distintos tercios: el “de varas” (en recuerdo del toreo a
caballo), el “de banderillas” (herencia de la lidia popular a
cuerpo limpio) y el “de muerte” (evocación de los antiguos “matatoros”);
la configuración de las cuadrillas y de las dinastías toreras; los
lances de la lidia: la “verónica”, el “natural”, el “volapié”...;
así como los didácticos tratados de tauromaquia: “Pepe-Hillo”,
“Pedro Romero”, “Paquiro”...; etc.
Edad Contemporánea.
Así las cosas,
pocos hechos o costumbres han unido tanto al pueblo patrio como la
admiración por este bello animal y la atracción, a lo largo de la
Historia Nacional, de las fiestas relacionadas con los toros en
forma de: encierros, capeas, sueltas, vaquillas, becerradas,
novilladas, festivales, corridas a pie, de rejones, toros embolados,
enmaromados, lanceados, de fuego, de escarapelas, por las calles,
con forcados, garrochistas, en rodeos, montados, coleos, cómicos...
De tal manera que, según opinaba Ortega y Gasset al hablar del
deber del intelectual español, éste no debía ser otro que el de
“pensar en serio sobre la Fiesta” pues, “durante generaciones
fue, tal vez, la cosa que ha hecho felices a un mayor número de
españoles”. Así, de esta suerte, hasta ella se han acercado,
para ensalzarla, hombres ilustres que cultivaron los campos de la
música, la novela, el teatro, la poesía, el cine o el periodismo.