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La leyenda y el mito definen el
argumento base para enraizar los orígenes de los “Sanjuanes”. Nacimiento
que algunos encuadran dentro de la cultura vettona, etnia de estirpe
celta que basó su economía en la explotación ganadera; hecho que
propició el que le rindieran culto al toro como animal sagrado,
conjugando la magia y el mito con el sacrificio y el fuego. Rituales,
todos ellos, coincidentes con el fenómeno estacional de la entrada del
solsticio de verano, fecha mítica venerada en la cultura del pueblo
celta, primeros pobladores de estas tierras y, por ende, fundadores de
la primitiva Caura.
Prolifera, de igual modo, el relato que narra la costumbre entre los
vecinos del lugar que, al llegar como cada año por estas fechas el
estío, un joven sacado por sorteo entre los de su quinta, era soltado
por las calles intramuros de la ciudad armado con puñales para
defenderse de los ataques al que era sometido de por el resto de la
población, ante cuyas agresiones, terminaba falleciendo. Mas, un
determinado año, quiso la suerte agraciar al hijo de una acaudalada
dama, quien temerosa por lo que le pudiera pasar a su único vástago, lo
canjeó por un toro; iniciándose así, de esta manera, la ininterrumpida
lidia de morlacos por las calles de la ciudad antigua de Coria.
Más, ante tanta elucubración, lo que si parece quedar claro es la
evidencia histórica y el testimonio documental de la celebración de las
tradicionales Fiestas de San Juan durante los siglos XIII al XVIII.
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