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La constatable
proyección que la Fiesta Nacional ha ido adquiriendo en los últimos años
sobre el entorno social, el arte y la cultura de nuestro país, al igual
que ha sucedido en el sur de Francia, la vecina Portugal y la mayoría de
los países de habla latina, hace necesario el hecho de que busquemos e
indaguemos en los orígenes y las raíces culturales más remotas de la
tauromaquia.
Prehistoria.
Desde el momento en que el hombre comenzó la caza del antepasado
ancestral del toro, el uro: rumiante que mostraba una tendencia innata a
acometer violentamente al sentirse hostigado -reacción ofensiva propia
de cualquier animal, incluido el hombre, al sentirse asediado-,
asistimos a una dura pugna entre la agresividad y la excitación de los
animales frente al valor y la pericia expuestas por el hombre para
reducirlas; lo que atrajo aún más, si cabe, la admiración de este último
por el toro como símbolo de fuerza y de poder, y de adoración como
animal sagrado o totémico.
Edad Antigua.
Este curioso contraste entre bravura y ferocidad vinculó a este mítico
animal con los mismos dioses y héroes de las mitologías mediterráneas:
la veneración de las hazañas taurinas de Heracles (el Hércules de la
mitología romana), del dios egipcio Apis, o del prudente Teseo y el
sacrificio del Minotauro...
Rituales que posteriormente darían paso a la celebración de “combates de
toros” entre los antiguos pueblos prerromanos de estirpe ganadera que
poblaron la península y al propio espectáculo o al juego: destrezas,
ambas, que exigían un valor y una habilidad técnica depurada como
descubrimos en las pinturas murales que decoran el Palacio de Cnosos en
Creta, donde lidiadores o acróbatas saltan sobre la testuz del burel
asiéndole por los cuernos unas veces, y otras, lo derriban
mancuernándolo. Espectáculos que pronto tiñeron de sangre la arena del
circo romano en la celebración de las famosas venationes o luchas
heroicas entre la razón y la fuerza, entre el hombre y el toro.
Mas, poco tardaría la fiesta pagana, a veces narrada a modo de leyenda,
en vincularse con el fervor religioso al fusionarse con las
celebraciones litúrgicas del calendario cristiano. En primavera: San
José, Domingo de Resurrección o La Cruz de Mayo; en verano: San Juan,
Santiago, Ntra. Sra. de Agosto y San Roque; y en otoño: San Mateo, San
Miguel o El Pilar. Mientras que en otras ocasiones, el ritual taurino se
rememoraba en ceremonias de tipo colectivo: inauguraciones,
licenciaturas, bodas... donde lo popular se fundía con lo religioso, y
lo mágico con la fiesta; como muy bien se describe, ilustrativamente, en
las laureadas “Cantigas de Santa María” de Alfonso X “El Sabio” (S. XIII).
Edad Media.
Con la llegada de la Edad Media, surgió la suerte de “lancear toros a
caballo”: habilidad que servía para el adiestramiento militar como medio
de templar el ánimo y de adquirir la fiereza, fuerza, bravura y nobleza
necesarias para el combate o la guerra. Adjetivos, todos ellos,
distintivos de este bello animal. Así, serían los árabes, tras su
prolongada estancia en la península Ibérica (siglos VIII-XV), a quienes
les cupo esta primigenia suerte taurina facilitada por la riqueza bovina
que albergaban las marismas del Guadalquivir o las vegas del Tajo.
También se celebraron fiestas con toros, dentro de este período de la
Historia, en acontecimientos tan puntuales como: la conmemoración de
enlaces matrimoniales entre nobles y príncipes; el recibimiento o la
victoria militar de un rey; algún que otro nacimiento; ó, las
renombradas “luchas de toros con alanos” y las persecuciones ecuestres y
muerte de toros a lanzazos: deporte ecuestre que daría lugar, durante el
reinado de los Reyes Católicos, a los famosos “alanceamientos”. Toda una
suerte de festejos tauromáquicos que propiciaron, en 1495, tras la caída
y conquista de Granada, la celebración de un evento taurino en la propia
sede católico-romana del Vaticano como símbolo conmemorativo de tal hito
histórico.
Edad Moderna.
No será hasta principios del siglo XVIII, dentro de plena época moderna,
el momento en el que aparezcan los primeros lidiadores con tintes
profesionales: “barilargueros” o rejoneadores a caballo que, acompañados
de sus correspondientes cuadrillas, participaban en los espectáculos
taurinos a cambio de una recompensa monetaria. Surgen, también, las
primeras plazas y la selección de las primeras ganaderías de sangre
brava que serán monopolizadas por miembros de la nobleza (Duque de Béjar,
Conde de Vistahermosa, Marqués de Ulloa y Cabrera, Duque de Veragua,
Marqués de Albaserrada...) y de la propia monarquía (Felipe IV, Fernando
VII...).
Con todo, el toreo a caballo entraría en declive, tras largos siglos de
pujanza, a partir de mediados del dieciocho; momento en el que hacen su
aparición en los ruedos españoles los “estoqueadores” o matadores de
toros a estoque que, paulatinamente, sustituyeron a sus predecesores en
los carteles.
Habrá que esperar hasta finales del siglo XVIII, para descubrir la
consolidación de la tradicional “corrida de toros” con sus distintos
tercios: el “de varas” (en recuerdo del toreo a caballo), el “de
banderillas” (herencia de la lidia popular a cuerpo limpio) y el “de
muerte” (evocación de los antiguos “matatoros”); la configuración de las
cuadrillas y de las dinastías toreras; los lances de la lidia: la
“verónica”, el “natural”, el “volapié”...; así como los didácticos
tratados de tauromaquia: “Pepe-Hillo”, “Pedro Romero”, “Paquiro”...;
etc.
Edad Contemporánea.
Así las cosas, pocos hechos o costumbres han unido tanto al pueblo
patrio como la admiración por este bello animal y la atracción, a lo
largo de la Historia Nacional, de las fiestas relacionadas con los toros
en forma de: encierros, capeas, sueltas, vaquillas, becerradas,
novilladas, festivales, corridas a pie, de rejones, toros embolados,
enmaromados, lanceados, de fuego, de escarapelas, por las calles, con
forcados, garrochistas, en rodeos, montados, coleos, cómicos...
De tal manera que, según opinaba Ortega y Gasset al hablar del deber del
intelectual español, éste no debía ser otro que el de “pensar en serio
sobre la Fiesta” pues, “durante generaciones fue, tal vez, la cosa que
ha hecho felices a un mayor número de españoles”. Así, de esta suerte,
hasta ella se han acercado, para ensalzarla, hombres ilustres que
cultivaron los campos de la música, la novela, el teatro, la poesía, el
cine o el periodismo.
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