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El reloj de la villa marca las tres y
media de la madrugada. Un estruendoso chupinazo en forma de luminosa
estrella fugaz hace vibrar al público que, expectante, se agolpa para
presenciar el primer encierro de las Fiestas.
Los movimientos inquietos y agitados comienzan a aflorar entre la
concurrencia, al mismo tiempo que todas las miradas se dirigen hacia un
mismo punto, pues, a lo lejos, como un zigzagueante rayo zaino que todo
lo barre a su paso, aparece, en veloz carrera acompañado de sus mansos,
un toro de cara seria y mirada fija e intensa que embiste, con sus
astifinas defensas, a los ágiles cites de los atrevidos corredores que
pueblan la calle.
Delante y detrás; caídas, pisotones y algún que otro susto son los
riesgos que hay que asumir si se quiere saborear, de verdad, tan
valerosa como temeraria experiencia. Una tradición que se mantiene viva
en Coria, generación tras generación, en una sucesión sin fin.
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