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En la Plaza.
El toro ya reposa en el toril después de tan estresante recorrido,
mientras que los mansos son devueltos en el “desencierro” hacia sus
corrales de origen. Una, dos y tres espaciosas campanadas anuncian con
su peculiar sonido, en intervalos de tiempo, la salida inminente del
burel a la plaza. Son las cuatro en punto, la puerta del toril se ha
abierto y, a ambos lados, dos o tres decididos mozos pecho con pared,
arriesgando su vida, estáticos y con la mano en alto portando una
engalanada divisa que prender en el morrillo del toro, rememoran las
hileras de hombres que, para tal acto, se disponían a lo largo de ese
portón oscuro taurinamente conocido como “de los sustos”.
El astado salta a la arena codicioso, violento, barriendo los barrotes
de las jaulas al paso de sus buidos pitones ante la expectación
murmurante de los tendidos. Sólo algunas vueltas avantas han valido para
que el ejemplar termine emplazándose con gesto engallado, embistiendo en
alguna que otra oleada o arreón en aquellos cites y recortes dibujados
por los avezados mozos que radican en la arena y, en alguna que otra
tanda de muletazos de alivio robados por los cada vez menos numerosos
maletillas. En alguna ocasión, se han tenido que apagar fugazmente las
luces del ágora temiéndose un desenlace fatal mas, el cornúpeta se
desorienta y la situación de peligro se salda con un tremendo susto para
el cuerpo del mortal que esta vez expuso demasiado.
Al repicar la segunda campanada, los tendidos se despueblan en un
constante peregrinar de espectadores que rápidamente abandonan la plaza
para buscar otro refugio seguro, a intramuros, antes de que el toro sea
soltado por las calles del Casco Histórico de Coria. Ya en la calle,
algunas asustadizas mujeres tiran de la mano de sus hijos o corren, como
hojas que lleva el viento, ante las bromas de los guasones mientras que
éstas se aprestan para guarecerse en casas y peñas balconadas, subirse
en las numerosas y vigorosas rejas que embellecen las fachadas, ó, en
los tendidos y talanqueras acondicionados, para tal efecto, en las
plazas y plazuelas del recinto amurallado.
Por las Calles.
Con el sonido de la tercera campanada, mágico son que en Coria durante
el desarrollo de la lidia de los toros anuncia la apertura de puertas,
se abren las cuatro “portonas” que cierran la plaza: “de Santiago”, “del
Esprés”, “de Alonso Díaz” y “de las Monjas” en el momento que el reloj
del antiguo Consistorio marca las cuatro y media. Y con élla, asistimos
al momento estelar de la Fiesta; al orgullo del pueblo de Coria; a
disfrutar de los toros que libremente y, sin imposición alguna,
corretean por las angulosas y estrechas calles del vetusto recinto
intramuros que, para tal fin, ha sido cerrado a cal y canto por medio de
las sempiternas y simbólicas “portonas” de madera: “de San Pedro”, “de
la Cava”, “de las Cuatro Calles” y “del Carmen” que, durante aquellos
tiempos bélicos de la historia cauriense, sirvieron para cegar las
puertas de acceso obradas en la robusta Muralla de estirpe romana; sin
duda, una de las mejor conservadas, en su conjunto, de todas las
halladas en el resto de Europa.
Un ligero cosquilleo os hormigueará en el interior de vuestros vientres,
sabedores de que el morlaco puede presentarse en vuestro camino en
cualquier instante. Ahora el riesgo de la fiesta ancestral acecha; fuego
y sabia nueva que siguen palpitando en los corazones de los arriesgados
Caurienses que, con pasión y ardor, se exponen, expectantes, ante ese
silencioso latido del toro que desafiante prepara su violento ataque
hacia la nutrida multitud que se agolpa a su alrededor con la intención
de sortearle o acompañarle en la carrera que éste va describiendo por el
recorrido a su expreso deseo.
La suelta del toro se prolonga hasta los primeros albores del alba.
Acompañado por la máximas Autoridades de la Ciudad, un diestro y avezado
“matador”, que en el caso particular de Coria porta escopeta en mano, se
apresta, adentrándose entre la muchedumbre para, a una corta distancia y
cara a cara con el cornúpeta, abatirlo de un certero disparo en plena
testuz. Suerte fulminante ésta que pone fin, dos horas después, con tan
atávica lidia.
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